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Dedica su vida al estudio de bacterias

María Esperanza Martínez Romero es investigadora titular del Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM, campus Morelos. Foto: Especial
Como seres humanos, difícilmente pensaríamos en nosotros como una colección de bacterias.
viernes, 28 de febrero de 2020
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Agencia/Reforma

Como seres humanos, difícilmente pensaríamos en nosotros como una colección de bacterias. Mas, al portar estos microorganismos casi en la misma abundancia que las células mismas, lo somos.
"Son parte de nosotros mismos, de todo ser vivo.

No hay ser vivo que esté libre de ellas, ni usando los jabones bactericidas que así lo prometen en la televisión", dice en entrevista María Esperanza Martínez Romero (CDMX, 1957), Premio Nacional de Ciencias 2019 en la categoría de Ciencias Físico-Matemáticas y Naturales.
El papel de estos microorganismos es tal que incluso estudios recientes sobre el microbioma revelan que hasta nos determinan el estado de ánimo, apunta la investigadora titular del Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM, campus Morelos.
"Son muy importantes las bacterias en la vida del planeta, en general, y en todos los seres vivos", remarca.
"Nosotros los seres vivos poblamos la Tierra mucho después que las bacterias; llegamos a un mundo bacteriano, y entonces ellas nos colonizaron rápidamente.

Aquellos seres vivos que se morían con la colonización de bacterias no sobrevivieron; aquellos que aprendieron a vivir con bacterias, y además beneficiarse de ellas, son los que existimos ahorita.
"Por eso no es de sorprender que, después de un proceso evolutivo tan largo entre bacterias y seres vivos, llevemos una relación muy dependiente, una gran dependencia", precisa la experta en diversidad y ecología bacterianas.
Dedicar su vida al estudio de esta convivencia entre bacterias, plantas y animales le ha valido a Martínez Romero múltiples reconocimientos.

El más reciente, el premio L'Oréal-UNESCO para las Mujeres en la Ciencia, anunciado el pasado 11 de febrero, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
La doctora en investigación biomédica, no obstante, sabía desde octubre del año pasado que era una de las científicas premiadas con este galardón.

Lo supo incluso algunos días antes de que le informaran sobre el máximo honor que entrega el Estado mexicano, que recibió el 9 de diciembre de manos del Presidente Andrés Manuel López Obrador en Palacio Nacional.
"Se juntaron las dos emociones", comparte la investigadora, quien estaba trabajando de noche en casa cuando recibió la llamada de L'Oréal.

"No lo podía creer".
Considerada toda una autoridad mundial en sistemática y taxonomía de rhizobia --bacterias fijadoras de nitrógeno asociadas a plantas cuya utilidad práctica es la biofertilización--, y en el estudio del microbioma de plantas e insectos, Martínez Romero realizó un trabajo pionero aislando bacterias de plantas nativas de México, como frijoles, extendiéndose eventualmente a muchas más leguminosas.
"Comencé a aislar las bacterias y después a identificarlas con métodos certeros, porque cuando empezamos a trabajar no había muchas herramientas moleculares para identificarlas, y los primeros análisis que hicimos fue en genes tan importantes como el de la nitrogenasa, que hace la fijación de nitrógeno (proceso para transformar nitrógeno atmosférico en compuestos fácilmente asimilables”.

"La fijación de nitrógeno es un proceso único en la naturaleza que sólo lo hacen bacterias y algunas arqueas, que también son procariontes", detalla.
Este trabajo, señala la experta, los posicionó considerablemente, pues eran buscados por científicos de otros países que venían a analizar sus propias bacterias directamente en su laboratorio en Cuernavaca.
"Sabíamos hacer estrategias moleculares que muchas personas trabajando en el campo no saben hacer, porque hacen trabajo más tipo agronómico, más aplicado, y no tenían las herramientas de genética molecular", relata la investigadora, quien ha realizado una amplia labor de envío de cepas a diferentes laboratorios de investigación y a las principales colecciones del mundo.
Pero, sobre todo, tales investigaciones han logrado un impacto de alcance global en algunas prácticas.
"Una de las bacterias que describimos, rhizobium tropici, es una bacteria que tiene propiedades muy interesantes porque es muy resistente a temperaturas altas, concentraciones de metales, a salinidad, y entonces la han estado utilizando en agricultura como uno de los inoculantes favoritos.

El rhizobium tropici sí cambió la historia de la inoculación de frijol en el mundo", celebra.
Actualmente, ella y su grupo han extendido su estudio a otros insectos y animales.

Por ejemplo, tienen una colaboración con la UAEM y la UAM para analizar la microbiota intestinal de los teporingos, "unos conejitos preciosos de los volcanes que están bastante en riesgo de extinción".
"Estos se alimentan de unos zacatones y las bacterias del intestino les ayudan a degradar las fibras porque son de muy dificil digestión.

Un trabajo semejante se hizo con los koalas en Australia y encontraron que para degradar los eucaliptos --que son muy ricos en taninos-- se necesitan unas bacterias especiales, porque no cualquier bacteria degrada taninos de los eucaliptos.

Estas bacterias se pasan de madres a hijos.
"Entonces, igual pensamos que los teporingos tienen su microbiota intestinal especializada", puntualiza la experta.
"Recae en las bacterias la digestión de estos compuestos, de estas fibras, y en el caso de los teporingos y de los koalas, que tienen dietas muy especializadas, muy ricas en ciertos materiales vegetales, tienen ciertas bacterias para degradarlos".
Transgénicos: Camino alterno
El sueño de los investigadores en esta área, indica Martínez Romero, es que cereales como el maíz, el trigo y el arroz logren fijar nitrógeno con rhizobium tal como hacen las leguminosas --que son ricas en proteína justamente porque tienen a sus bacterias asociadas fijando nitrógeno; el nitrógeno disponible en cantidades altas permite que se sinteticen muchas proteínas.
"Por una estrategia microbiana, hemos estado tratando de seleccionar bacterias que mejor fijen nitrógeno en los cereales, principalmente en mi grupo, el maíz; otros grupos en Europa y Estados Unidos, el arroz y el trigo", señala.
La Fundación Bill & Melinda Gate, por su parte, ha financiado cuantiosamente a algunos investigadores que hacen genética de plantas para crear especies capaces de albergar en sus raíces rhizobium como lo haría una leguminosa, o para introducirles a los maíces los genes de nitrogenasa directamente y que la planta, sin necesidad de ninguna bacteria, haga la fijación de nitrógeno.
"Esta es la estrategia alternativa que se está haciendo en investigación.

Si lo logran, si logran que los maíces fijen nitrógeno a niveles altísimos, pues va a ser una gran contribución", opina la experta.

"Nosotros pensamos que con las bacterias se pueden lograr ciertos niveles de fijación, tal vez no tan altos como los que se lograrían con la otra estrategia".
La investigadora hace hincapié en que la cuestión de los transgénicos no es necesaria ni inherentemente mala y que se debe revisar cada caso particular.

El algodón transgénico en México, por ejemplo, ha significado una positiva reducción en el uso de pesticidas.
Por otro lado, la preferencia de los agricultores por variedades mejoradas por encima de las semillas tradicionalmente utilizadas en determinadas zonas ha ido disminuyendo la gran diversidad que existía.

Un reclamo que la ecóloga María Elena Álvarez-Buylla, titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), ha expresado en relación a las variedades nativas del maíz.
Para Martínez Romero, lo que en ocasiones resulta perjudicial son otras prácticas y manejos alrededor de los transgénicos, como el uso de pesticidas y herbicidas que son carcinógenos, como el glifosato.
Por lo que es imposible reducir el juicio a si la modificación genética es buena o no, obviando las particularidades de cada escenario.
'Yo quiero hacer eso'
Hace casi 40 años, María Esperanza Martínez Romero comenzó a trabajar en el Centro de Investigación sobre Fijación de Nitrógeno --hoy día Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM-- experimentando el efecto de las bacterias en las plantas.
Unos años antes, cuando aún era estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Naucalpan, se había encontrado en la gaceta de la escuela con una entrevista a una científica del Instituto de Investigaciones Biomédicas que hablaba de una nueva licenciatura en investigación.

Le pareció fascinante.
"Cuando ella empezó a describir lo que iban a hacer los alumnos que iban a trabajar desde el principio, yo dije: 'Yo quiero hacer eso'.

A mí me quedó clarísimo, porque yo veía otras licenciaturas y no me convencían. Cuando vi esta, dije: 'Sí, sí, justo eso'", recuerda la investigadora.
Aquella científica era la doctora Kathe Willms, quien después se convirtió en maestra de Martínez Romero, por quien sintió un gran aprecio.
"Cuando me dieron el Premio de Investigación en Ciencias Naturales de la Academia Mexicana de Ciencias, hace muchísimos años (en 1997), que se lo dan a jóvenes investigadores, ella se presentó.

Y me lo entregó también el Presidente de ese entonces, que era Ernesto Zedillo", apunta.
¿Cómo tomó su familia su interés por la ciencia?
Yo creo que en ese momento nadie nos dábamos cuenta bien a bien qué repercusiones tenía.

Fue solamente después, cuando decidí hacer estancias de investigación en Alemania, en un laboratorio en Bielefeld, ya estando contratada como investigadora en la UNAM, fui y me llevé a mis papás.

Y entonces recorrimos algunos laboratorios en Inglaterra y en Bélgica dando pláticas --porque yo tenía una colaboración con los belgas que fue muy fructífera--, y entonces mis papás entendieron qué era la investigación, y estaban muy orgullosos.
Luego los papás nos asustan, ¿verdad?.

Dicen: '¿Qué es eso? ¡Te vas a morir de hambre!' (comenta la investigadora, entre risas). Mis papás nunca se asustaron; como que decían que sí es una cosa bastante loable, pero no veían la perspectiva internacional y las contribuciones.

Entonces, cuando fuimos y vieron que yo daba clases en Inglaterra y también en un congreso en Suiza, y ellos me acompañaban en todo ese recorrido, se impresionaron mucho, les gustó mucho y se sintieron muy orgullosos.

Y yo no me di cuenta de eso, hasta mucho después me lo platicaron.
¿En algún momento de su formación o desarrollo profesional se sintió afectada por la desigualdad de género?
No, nunca, nunca.

Al contrario, yo hasta sentía que me favorecían por ser mujer, que me trataban bien. En mi generación éramos puras mujeres. Nada más seis mujeres en una generación, qué grupo tan chiquito.

La licenciatura se daba en un instituto de investigación que no tenía aulas como una facultad para albergar a 40 alumnos o más. Era trabajo muy directo en los grupos de investigación.

Y nos trataban muy bien por ser un grupo de puras mujeres. Yo nunca sentí una discriminación, nunca, nunca, en la UNAM.
¿Qué debe hacerse en México para erradicar la brecha de género en la ciencia?
Yo creo que sí hay que estimular en las escuelas la actitud de que las mujeres no están hechas para quedarse en su casa teniendo niños.

Eso es muy importante. Y que haya más modelos de investigadoras, más modelos de directoras, de personas ejecutivas y líderes de empresas que sean mujeres.

Todo eso sí creo que inspira, y esto hay que hacerlo a muy temprana edad.
Es en la primaria y en la secundaria que hay que estar enfatizando que las mujeres profesionistas son muy exitosas, que no tienen por qué quedarse en su casa a limpiar y a cocinar y cuidar a los niños.

Pero aparentemente hay una influencia muy fuerte de la cultura mexicana para impulsar a las mujeres para que se queden en su casa.
Aquella joven que un día quedó cautivada por la descripción de una nueva carrera científica recibirá el más reciente galardón a una vida consagrada a la ciencia el próximo 12 de marzo, en una ceremonia a celebrarse en la sede de la UNESCO en París.

 

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